Nunca me consideré un hombre afortunado. Nada siquiera cerca de tal concepto. Pero quiso el destino compensar mis desventuras con una bonita canasta de baloncesto.
Contaba yo con pocos años de edad cuando supliqué a Padre por ella. Me imaginaba por el resto de mis tardes allí, en mi patio, jugando a lo que por aquel entonces no era más que un juego. Me iba con mi pelota, y hasta que mi pobre vecino me suplicaba clemencia, o hasta que oscurecía, botaba y botaba, lanzaba y lanzaba.
Poco queda ya en mí de aquel muchacho. Aún hoy, de vez en cuando, asomo la cabeza y veo a mi canasta, impaciente, como un cánido que aguarda que se le dé de comer. Aguanta tormentas, nevadas y lluvias torrenciales. Estoica, como si creyera que está en deuda conmigo.
Qué equivocada estás, canasta mía. Aguardas la tempestad, y te abres ante mí, como el amigo que no sólo se alegra sinceramente de verte, sino que te invita a comer. Como el psicólogo que no sólo te pasa consulta, sino que además no te cobra. Como el profesor que no sólo evalúa mi trabajo, sino que además me ayuda a perfeccionarlo.
Es duro fracasar en esta vida. Y no por más hacerlo se acostumbra uno antes. En ocasiones, cuando mi mente empieza a nublarse y mi corazón se encoge, me calzo lo primero que pillo y voy a visitar a mi canasta. Y de repente todo cambia. No esque mejore. Simplemente, cambia.
Y hay un pequeño lapso de tiempo, entre tiro y tiro, en el que sin previo aviso, como las tempranas gotas de lluvia sobre la ventana, vuelven a mi mente todos esos fantasmas. Agarro el balón y no consigo espantar de mi mente todo eso. Los éxitos que no puedo alcanzar, las trabas que no puedo superar, las personas queridas que no puedo complacer, las mujeres que no puedo amar...
Y entonces, mi diestra suelta otro latigazo.
sábado, 15 de mayo de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario