jueves, 9 de septiembre de 2010

Steve Nash: Triunfador ante el fracaso

Antes de nada, disculpen mi prolongada ausencia debido a mis merecidas vacaciones. Mi idea en este blog sigue intacta (véase primera entrada), mas no así mi compromiso, que quizá pierda algo de fuerza en lo sucesivo, pero no cederá del todo.


En aquel paraje donde la competición y el palmarés no existen, donde los prófugos y los exiliados desprecian los parámetros marcados y las líneas a seguir se borran habita Steve Nash, ahora y siempre.







Steve Nash siempre ha sido un jugador peculiar. Donde otros insinúan, él exhibe, donde otros trabajan, él holgazanea, donde otros respetan, él abusa, donde otros gustan, él enamora. Nunca imaginamos, desde sus inicios en Santa Clara (siendo elegido jugador del año en Soccer y Basketball), el jugador en el que se iba a convertir. Llegado a unos Suns con Jason Kidd de base titular aprovecharía su corta estancia en Arizona para aprender de él lo poco que pudo, estando al servicio durante casi 10 años en Dallas. Personalmente, creo que su paso por los Mavericks lastró su carrera, ya que estuvo atado a un equipo al que, por condiciones baloncestísticas, no pertenecía, y le robaron los años más importantes físicamente hablando en la vida de un jugador. Se comenta que fue el propio Dirk Nowitzki el que pidió, a pesar de la amistad que les unía, que le traspasaran, por no ser capaz de seguir el ritmo del canadiense en los partidos.




Es en Phoenix donde vemos al verdadero Nash. Donde damos cuenta de sus habilidades por completo. Aquí es donde el canadiense, junto con Mike D'Antoni (curiosamente ''el europeo'' jugó el baloncesto menos europeo de los últimos tiempos), revive un estilo de juego que pretende ser el run&gun de los Lakers optimizado, y por esto mismo, empeorado.

Donde Magic tenía un martillo, Worthy, Steve tenía dos: Amare y Marion. Contaba además el canadiense con todo un elenco de tiradores con los que gustaba de finalizar contraataques y transiciones, desde Joe Johnson hasta Kurt Thomas y él mismo. Donde los Lakers tenian a sus espaldas un equipo serio en defensa, Nash se encontraba con un equipo que no sufría si el rival tenía que tirar sólo. No fue nunca un jugador colectivo en el amplio sentido de la palabra, pues un jugador con tal calificativo saca siempre el mayor provecho de sus compañeros y Nash no tenía esa capacidad. ¿O acaso Joe Johnson jugaba en Suns mejor que Jared Dudley, desempeñando el mismo papel?


Quizá el jugador que mejor ha jugado el Pick&Roll de la historia, mejor aún que Stockton, pues donde éste en ocasiones se empeñaba en buscar el corte del hombre alto (justificado por el poderío físico de Karl Malone) Nash añadió una variante poco usada hasta ese momento y la elevó hasta hacerla imprescindible en cualquier esquema de cualquier entrenador del mundo: la inclusión del tercer hombre, añadido a su capacidad para el tiro de tres si el rival se quedaba en el bloqueo o lo pasaba por detrás (letal este tiro suyo). La inclusión de un tercer hombre en el bloqueo y continuación, digo, es fundamental para entender el juego estático de los Suns desde 2005 hasta hoy. Este tercer jugador es siempre (o casi) un alero tirador que se abre y aprovecha la ayuda de su defensor hacia el pivot que corta para quedarse solo en la linea de 3.

Nash veía todo esto como si este baloncesto lo hubiera inventado él. Desde Magic, nunca vi dirigir un contrataque ni una transición como él hace.




El defecto más destacable del juego de Nash quizá sea su elevada media de pérdidas por partido. Evidentemente vienen dadas por el tremendo riesgo en todos los pases que intenta, y es por esto que siempre suelo decir que no lo ficharía para mi equipo. Pero es el precio a pagar si juegas ese estilo de juego. Los resultados ''acompañan'': si bien nunca ha llegado a unas finales, siempre arrasa en regular, jugando a un alto nivel. Nunca fue, tampoco, un buen defensor. Es un jugador que ataca muy revolucionado y necesita reposar en defensa, además nunca tuvo a sus espaldas entrenadores que le pusieran obligaciones defensivas.


Nash siempre fue, es y será mucho más que un ''youtube legend'', porque él obtuvo ciertos resultados. Y yo al menos, cuando vuelva la vista atrás y le recuerde, no sentiré pena por lo que el baloncesto no le dio, sino alegría por lo que él le dio al baloncesto.

miércoles, 14 de julio de 2010

Reflexiones entre aros

Cuando caigo por la borda y no hallo salvavidas al que agarrarme, cuando observo desde mi apartada ventana la felicidad que probablemente no merezca, pero no he hecho nada por desmerecer, cuando observo el injusto trato que el destino me dispensa, cuando veo mi poco talento mal premiado y mi mucha torpeza bien remarcada, cuando echo la vista atrás y observo que por más que voy en busca de la suerte, cada vez se esconde más y cada vez me queda menos tiempo para encontrarla, regresa a mi cabeza el baloncesto, y lo hace como una bocanada de oxígeno tras minutos ahogandome, como un trago de agua tras días de sed. De repente me vienen recuerdos, motivaciones, sueños. De repente me olvido de lo que me hizo caer por la borda y nado con todas mis fuerzas de nuevo al barco. Desconozco el porqué de este mecanismo en mi mente. Supongo que poco tiene que ver con el factor deportivo del juego. Pero es curioso, porque tambien el baloncesto ha sido factor de decepciones y frustaciones, acaso las mas grandes. Pero es como si premiara mi fidelidad a pesar del carácter negativo anteriormente descrito, con esta función evasiva que desconocía hasta hace poco.


No me he enfrentado a grandes problemas en mi vida. No han habido enfermedades graves, ni he perdido seres queridos ni he tenido problemas familiares. Quizá sea por eso por lo que cada mínimo fracaso que se une a la colección golpea en las agrietadas paredes de mi voluntad y vitalidad con fuerza. Es entonces cuando acudo como emergencia al baloncesto, en cualquiera de sus formas. No conozco mayor sedante, ni consuelo más fiel.


Algunos verán en este discurso a una persona débil. Me enseñó alguien una vez que expresar tus sentimientos no es sintoma de fragilidad sino de valentía. Pero supongo que también un valiente puede ser frágil, de la misma manera que un cobarde puede encerrarse entre los muros de su mente.

martes, 22 de junio de 2010

Evolución Histórica de la posición de Center

Cuando empecé a jugar a baloncesto destacaba mucho por mi altura. Lo cierto esque no había nadie (y no lo hubo hasta bien entrada la adolescencia) más alto que yo en la liga. Y a pesar de mis pataletas hacia los distintos entrenadores que tuve por jugar por fuera para emular a mis ídolos Bird, Drexler, Jordan, English y compañía, nadie me movió más de un par de metros de debajo del aro.

Qué aburrido es ser pívot, pensaba yo, mendigando balones a los jugadores exteriores quienes lo hacen llegar dentro como quien hace un favor, esforzándote por improbables rebotes ofensivos, arriesgándote a faltas para intimidar abajo, luchando contra jugadores más fuertes por un milímetro de cercanía al aro...


Ya contaré más experiencias personales, pero lo cierto esque me equivocaba. Ni tiene por qué ser aburrido jugar por dentro ni es una posición de relleno para que los exteriores se diviertan.


La posición de pívot tiene dos variantes claramente diferenciadas antaño, ahora un poco menos en el baloncesto actual. Estas dos variantes estaban separadas por el océano Atlántico, ni más ni menos. Las menores dimensiones de la zona de juego ofensivo europea, así como la posibilidad de una defensa zonal, no permiten la colocación de un hombre alto en el poste (center) y otros dos a ambos lados de éste (forwards), sino que se opta por poner a dos hombres altos a los lados de la canasta para evitar dobles o triples defensas en torno a un único hombre alto en caso de defensa en zona.


Como digo en Estados Unidos no es así, o al menos no siempre lo fue. Hasta George Mikan el pívot era el epicentro total del juego ofensivo. No se concebía una posesión sin que el balón pasara por el center. Hay que recordar que hablamos de una época muy distinta, en la que era extraño que un equipo contara con más de un jugador que alcanzara los dos metros, y muy raro que superara los 2'05 o 2'06. Por lo tanto, un center era un jugador muy superior al resto de sus compañeros físicamente y muy necesario en defensa para frenar penetraciones rivales y rebotear.


La total dominación que exhibió Mikan cambió las cosas. Por su culpa, la NBA agrandó las dimensiones de la zona restringida a los 3 segundos ofensivos, por lo que el pívot ya no tendría una ventaja tan desmesurada. Aún así, el pívot seguía siendo el referente absoluto del equipo, haciendo posible que incluso jugadores sin apenas recursos ofensivos como Bill Russell no fuera extraño que hicieran no pocos partidos con 30 y 40 puntos. Como máximo exponente del pívot como eje de un equipo de baloncesto en esta época cabe destacar, cómo no, a Wilt Chamberlain, cuyos registros estadísticos casi sobrehumanos sirven como prueba del grado de importancia que un center podía llegar a tener en un equipo.


Durante la década de los 70, aun con la presencia de pívots muy importantes en la historia del baloncesto y tremendamente relevantes en la NBA de la época (primeros pasos de Abdul-Jabbar, Dave Cowens, Bill Walton etc.) los jugadores exteriores empiezan a hacerse con el control ofensivo del juego, puesto que empiezan a verse escoltas y aleros que se acercan e incluso sobrepasan los dos metros pero mantienen la coordinación y los fundamentos ofensivos exteriores de antaño. Este equilibrio ofensivo entre juego interior y juego exterior se verá profundamente pronunciado con la inclusión de la línea de tres puntos en el año 1979.

En esta época ya es relativamente habitual encontrarse con jugadores que sobrepasan los 2'10 de estatura, haciendo así difícil que un pívot dominara simplemente por superioridad física.


Entre los 80 y los 90 se da la curiosa situación de que, siendo como fue la época donde los jugadores exteriores alcanzaran más importancia en el juego que nunca, restándosela al juego interior, se suceden la serie de jugadores interiores más dominantes de la historia. La cúspide en la carrera de Kareem, Hakeem Olajuwon, Shaquille O'Neal, Alonzo Mourning, Mark Eaton, Patrick Ewing, el híbrido Charles Barkley, David Robinson, Marcus Camby, el joven Duncan, Dennis Rodman y alguno más que no me acuerdo (o no me quiero acordar) protagonizaron innumerables episodios memorables en la liga.

Ahora, el jugador interior no se limita a recibir de espaldas y soltar un gancho o empujar e intentar superar al defensor por la fuerza. Ahora el pívot también encara el aro, amenaza con tiro exterior, algunos incluso son capaces de anotar triples. Ahora, buscan a sus compañeros en los cortes a canasta y juegan con el otro interior. La evolución física del resto de posiciones les libra de determinadas obligaciones. Ya no tienen que cojer catorce o quince rebotes por partido, el equipo cuenta con jugadores que debido a su altura pueden ayudar en el rebote. Tampoco necesita el equipo que intimide con tanta intensidad, puesto que ahora las defensas son mucho más grupales que individuales.


La decadencia de la posición de center ha sido tan vertiginosa que invita a pensar en que en un futuro no muy lejano desaparecerán los puestos en el baloncesto. Con la retirada de Shaq, que no debe estar muy lejos, habrá caído el último pívot dominante de la edad de oro del baloncesto. Ciertamente en esta decadencia ha influido mucho la evolución también vertiginosa de otra posición, la de ala-pivot o Power-forward. Hombres como Dirk Nowitzki, Kevin Garnett, Pau Gasol, Tim Duncan, Amare Stoudemire, Chris Webber, Zach Randolph y un largo etc han relegado al center a un área secundaria.

La mayoría de estos Power Forwards actuales necesitan de un hombre alto interior que les libere de responsabilidades defensivas y que les ayude a explotar sus virtudes ofensivas. Así los equipos que cuenten en sus filas con un ala-pivot estrella no necesitarán a un center de grandes cualidades. Basta con que cumpla con una serie de requisitos físicos y un mínimo de fundamentos defensivos y ofensivos, y jugará muchos minutos. Este center actual se dedica a realizar ayudas al PF en defensa y a sacrificarse en forma de desgaste físico y faltas, y en ataque recojerá las migajas que le deje su compañero interior en forma de pases tras dobles defensas y descargas ante defensores duros, quedando así su papel la mayoría de las veces a meterla para abajo y jugar algún que otro pick&roll aislado con los exteriores.


Muy alejado queda aquel papel de protagonista total del juego ofensivo. Actualmente, sólo Orlando, con Dwight Howard, tiene como referente del juego a un center. En menor medida, Houston, con Yao Ming, L.A. Clippers, con Chris Kaman y Minnesota, con Al Jefferson, tienen en sus filas pívots que pueden jugarse algunas posesiones. En el resto de equipos, los centers quedan relegados a papeles secundarios. Y el futuro inmediato no es muy esperanzador.


Y es curioso porque hay un viejo axioma baloncestístico que dice que el que tiene un base y un pívot tiene un equipo.


Y yo, como pívot, no puedo estar más de acuerdo.

sábado, 5 de junio de 2010

El Efecto Jordan

Hace algunos días el héroe de estos Celtics finalistas, Rajon Rondo, confesaba que ''no había visto jugar jamás a Michael Jordan''. No sólo a él sino a ningún otro jugador. Por lo visto Rondo no vio un partido de baloncesto hasta que, con el instituto, lo llevaron a ver un partido de los Heat. Rajon Rondo, ese que parecía imitar a Olajuwon con sus fintas, a Isiah Thomas con su manejo y dirección, a Payton con su defensa, resulta que no sabía ni quién diablos eran estos tíos.

Excusaré a Rondo diciendo que no tuvo una infancia precisamente fácil y ver partidos de baloncesto en una tele de pago no era una de sus prioridades. Pero he aquí mi pregunta: ¿Realmente devalúa este hecho a Rondo como jugador? ¿Sería Rondo un jugador distinto de haber visto a Jordan jugar?


El impacto de Jordan en el baloncesto fue enorme. Era una época aquella, la de los 90, en la que se preveía que decayera la NBA. Los grandes equipos históricos, Celtics y Lakers, caían sin remedio y no había sucesores claros. Llegó Jordan y llevó a un equipo sin historia a la más absoluta de las glorias, primero en solitario, después bien acompañado.


Pero el choque que provocó fue tal que a mi juicio, incluso hizo daño al baloncesto, aunque en ínfima proporción a lo que le dio. Porque los extremos jamás son buenos, el extremo individualismo no iba a ser una excepción. Y Michael Jordan, estadísticas aparte, cargó con el peso de aquellos Bulls de tal forma que jugaban por y para él. Llevó el Star System a un extremo que no se había visto hasta entonces.


Y el Star System puede dañar al jugador en formación. Porque un jugador joven que observa que una superestrella es capaz de anotar 30 o 40 puntos quiere imitarla. Lo que ese joven no sabe (o no quiere) ver esque para anotar 30 o 40 puntos, generalmente, hace falta un equipo detrás que genere situaciones ofensivas en las que sentirse cómodo. Y esto, ante talentos de proporciones estratosféricas como se ven en la NBA es posible. Pero no con un jugador en formación.


Elegí ejemplificar con Jordan porque las declaraciones de Rondo me lo pusieron en bandeja pero es perfectamente extensible a todos los jugadores cuyos equipos sitúan en la piedra angular de su Star System.


Así, el joven jugador interior se sentirá frustrado cuando no se la pasen al poste alto y le aclaren el juego, el joven base no entenderá la regañina de su entrenador después de jugarse un triple tras un bloqueo y continuación y el anotador compulsivo no verá qué tiene de malo ser permisivo en defensa para descansar de su frenético ataque. Porque Nowitzki, Nash o Iverson lo hacen.



Cuando era más joven criticaba a mis compañeros de equipo porque no veían baloncesto. Porque yo también era como los jugadores que acabo de citar. Sólo hasta que no comprendí que en el baloncesto también es adictivo cerrar rebotes, defender duro y poner bloqueos no alcancé a entenderles.


Rajon Rondo no sólo ve baloncesto ya, sino que lo vive al 100%. Antes de llegar a la NBA era un jugador puro, una diamante en bruto, era él y solo él y su total personalidad como jugador. Pero luego supongo que otra gente que sí vio a Jordan jugar le modificaron. Parece que para bien.

Pero por desgracia no todos somos Rajon Rondo.

La Mentalidad Ganadora (II)

Es en el deporte donde la mentalidad ganadora se observa más a simple vista. Es así porque cualquier deportista de élite compite para ganar, esto es, no existe otra motivación (o no debería) que explique el porqué se deja la piel en cada exhibición. Pero poseer la intención de ganar no significa tener una mentalidad ganadora.


Parafraseando de nuevo a Freud, dijo en uno de sus ensayos que el deporte es una canalización de la ira. El hombre, por tanto, canalizaba su furia más primitiva a través del deporte. Yéndonos al baloncesto esto es claramente visible en muchos jugadores de todos los tiempos; desde Frazier hasta Ben Wallace, desde Rodman hasta Bruce Bowen.


Pero un ganador es distinto. Un ganador posee, aparte de lo explicado en mi antigua entrada, el factor psiquico más importante, desde mi punto de vista, del baloncesto: la confianza. Así, cuando Bird lanzó el último tricolor del primer concurso de triples de la NBA levantó el dedo un segundo antes de que cayera, sabiéndose ganador. De la misma forma Bryant es capaz de anotar casi cualquier suspensión sin importar cuántos defensores tenga encima o cuánto deba variar su mecánica.


El máximo exponente de la confianza lo protagonizó Tracy McGrady con aquella gesta de los 13 puntos en 30 segundos. Si miran el video por internet (soy demasiado torpe para ponerlo) se darán cuenta de lo siguiente: McGrady en primera instancia anota un triple. En la siguiente jugada, lanza otro, esta vez con Tim Duncan delante. En la siguiente, una contra, lanza otro triple, esta vez con 4 defensores alrededor. Bien, hasta el más egoísta de los jugadores hubiera pasado el balón tanto en el desajuste con Duncan como en el contraataque con cuatro defensores encima. Pero McGrady sabía que no merecía la pena. Él, que se conocía como nadie, sabía que estaba tocado por la varita de la confianza.


En el baloncesto se suelen etiquetar con rapidez a los jugadores como perdedores o ganadores. Precisamente McGrady está unánimemente etiquetado como perdedor. Normalmente uno se va al palmarés para juzgar esta cuestión. Pero la mentalidad ganadora va más allá del palmarés. Porque los anillos no los ganan los jugadores, sino los equipos.

domingo, 23 de mayo de 2010

La Mentalidad Ganadora: Causas y Consecuencias (I)

De entre las muchas cualidades innatas que el hombre atesora ninguna me resultó nunca más valiosa, por lo exclusivo y extraño, que la de ser un triunfador.


Freud decía que infravaloramos nuestro subconsciente. Que nos creemos demasiado dueños de nosotros mismos cuando en realidad un elevadísimo porcentaje de nuestros actos se debe a impulsos. En los años que llevo de vida poco he podido experimentar como más salvaje y animal que la competitividad del ser humano. Mucho más que en los animales, pues mientras a éstos los mueve el hambre, la sed o el celo, al hombre le mueve la metafísica sensación de ganar. Más aún. Hay quien sacrifica dinero y tiempo (traducible a cosas como alimento en el idioma animal) en pos de saborear el triunfo.


Teorizo sobre que la mentalidad ganadora existe. Sobre que hay personas programadas para ganar. Sus respuestas instintivas hacia ciertos estímulos externos serán muy diferentes de aquellos que no compartan su don, a grandes rasgos. La mentalidad ganadora no es una cualidad clara y diferenciada, como por ejemplo ser bueno en matemáticas o tener facilidad para los idiomas. La mentalidad ganadora lleva intrínseca otra serie de capacidades de las que necesita.


Según mi experiencia la capacidad más importante de la que bebe la mentalidad ganadora es la constancia. Toda lógica comprende que cualquier reto en el que uno fracasa puede (o pudo) ser superado a base de constancia, siempre y cuando el triunfo en ese reto dependa exclusivamente de uno mismo. Un ganador es constante en su trabajo, siempre. Porque posee la mayor motivación que existe en la tierra: ganar.


He conocido a muchos que critican mi opinión (lo cual siempre les agradecí). Comprendo que es difícil asumir que la mayoría de nosotros estamos condenados a tender a fracasar en nuestros propósitos antes que a triunfar. De hecho, mírense a sí mismos y piensen en la proporción de fracasos contra éxitos a lo largo de su vida. El de sueños cumplidos por el de sueños rotos, y no me refiero a querer ser astronauta precisamente. Existen personas extraordinarias que convierten ese balance en positivo. Y entonces es cuando yo me niego a creer que ha sido sólo cuestión de suerte.


No por ganar siempre se es un ganador. Hay quien la genética dotó de una base muy sólida para solventar futuros problemas. Así, aquel hombre alto y fornido, de facciones fuertes y voz agradable conseguirá el trabajo antes que el bajito y feucho. Y no lo digo yo, sino la estadística aplastante. No sé si conoceran ustedes la historia del debate electoral que tuvo lugar en 1960 entre Nixon y Kennedy. Pasó algo muy curioso que explica mi ejemplo a la perfección. Por aquella época la radio y la televisión tenían una audiencia en términos de millones de espectadores similar. Pues bien, el mismo debate, transmitido en ambos medios de comunicación, tuvo como ganadores a ambos contendientes, uno en cada medio. Adivinen quién ganó el televisivo.


Como digo, poseer una genética que ayude a ganar no significa ser un ganador. Yendo al deporte, cuántos grandes talentos técnicos y físicos se quedaron por el camino por falta de motivación o constancia. A cuántos nos habremos perdido.

Pues bien, es aquí donde entra la mentalidad ganadora. Aquí especialmente. Porque un ganador posee ese empuje, esa fuerza, ese espíritu. Esa voluntad que lo diferencia del resto y le hace triunfar.



Pagaría lo que fuera por pertenecer a tan selecto club. Pero me temo, que esta es una de esas pocas cosas que el dinero no compra.

sábado, 15 de mayo de 2010

Crónicas de un patio trasero

Nunca me consideré un hombre afortunado. Nada siquiera cerca de tal concepto. Pero quiso el destino compensar mis desventuras con una bonita canasta de baloncesto.


Contaba yo con pocos años de edad cuando supliqué a Padre por ella. Me imaginaba por el resto de mis tardes allí, en mi patio, jugando a lo que por aquel entonces no era más que un juego. Me iba con mi pelota, y hasta que mi pobre vecino me suplicaba clemencia, o hasta que oscurecía, botaba y botaba, lanzaba y lanzaba.

Poco queda ya en mí de aquel muchacho. Aún hoy, de vez en cuando, asomo la cabeza y veo a mi canasta, impaciente, como un cánido que aguarda que se le dé de comer. Aguanta tormentas, nevadas y lluvias torrenciales. Estoica, como si creyera que está en deuda conmigo.


Qué equivocada estás, canasta mía. Aguardas la tempestad, y te abres ante mí, como el amigo que no sólo se alegra sinceramente de verte, sino que te invita a comer. Como el psicólogo que no sólo te pasa consulta, sino que además no te cobra. Como el profesor que no sólo evalúa mi trabajo, sino que además me ayuda a perfeccionarlo.


Es duro fracasar en esta vida. Y no por más hacerlo se acostumbra uno antes. En ocasiones, cuando mi mente empieza a nublarse y mi corazón se encoge, me calzo lo primero que pillo y voy a visitar a mi canasta. Y de repente todo cambia. No esque mejore. Simplemente, cambia.

Y hay un pequeño lapso de tiempo, entre tiro y tiro, en el que sin previo aviso, como las tempranas gotas de lluvia sobre la ventana, vuelven a mi mente todos esos fantasmas. Agarro el balón y no consigo espantar de mi mente todo eso. Los éxitos que no puedo alcanzar, las trabas que no puedo superar, las personas queridas que no puedo complacer, las mujeres que no puedo amar...



Y entonces, mi diestra suelta otro latigazo.